Un sueño. Sólo un sueño. El sueño más horrible que he tenido. Mi hija, lo más preciado en todo el mundo para cualquier madre, no estaba. Fue un sueño. De pensarlo me da escalofríos. Hasta tiemblo. Pero fue sólo un mal sueño. Mi hija está a mi lado y todo está bien. Ahora, el relato de lo que viví en el sueño (lo que me acuerdo que pensé y sentí). Pasaron muchas cosas más pero no las escribí a tiempo. Se me olvidaron. Aquí va...
Me levanto de madrugada. Te busco en la cama. Te llamo. Grito tu nombre. Siento que el mundo se derrumba. Siento que se acaba el aire. Quiero morir. Pero no puedo. Qué pensarás de mí si me quito la vida? Tengo que poner un ejemplo para tí. Pero qué carajo pienso? Si ya no existes? Ya no te tengo. Ya no estás. Nunca estarás. A veces pienso que nunca estuviste. Fuiste producto de mi imaginación. Tu pelo negro, fuerte y hermoso perfecto. Tu cuerpo con su formita tan perfecta. Sólo puede ser producto de una mente idealista. Pero miro a mi alrededor y veo las pruebas de tu existencia. Miro tus fotos. Tus ojos sonrientes. Sí tus ojos. Tienen su propia sonrisa. Muero muero. Anhelo irme de aquí.
Antes estaba contenta. Sola en cierto modo, pero tú estabas. Me alegrabas. Ahora estoy sola. Viviendo por vivir. Comiendo por comer. Muriendo de manera lenta y agonizante. A veces pienso tirarme de un puente. Pero no puedo ser cobarde. Si me tocó esto, por algo es. No puedo acelerar mi camino. No puedo ponerle fin a este martirio. Por más tentador que se vea ese final en comparación a lo que vivo.
Me echo hacia atrás. Cierro los ojos. Veo tu sonrisa. Oigo tu voz. La oigo mucho en el silencio de esta casa. Es como si las paredes guardaran tu recuerdo. A veces pienso en mudarme, abandonar este pueblo. Hasta irme del país. Pero no puedo dejarte. No te puedo abandonar. Eres mi hija. Y mi trabajo es estar junto a tí. Siempre. Siempre estaré aquí. Aunque a nadie le haga sentido. Soy tu madre y no te dejo. Te amo.
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