Mi abuelo. Julio Pérez Figueroa. Lo extraño. No recibió un boleto de tránsito en su vida. No tuvo un problema con la ley. Se dedicó a su familia. Hasta el momento de su muerte estuvo pendiente a su familia. Su mayor preocupación durante su enfermedad era dejar a mi abuela sola. Con sus tumores, y nunca lo escuché quejarse. Cuando le preguntaban qué era lo que más le dolía de su enfermedad, contestaba el no poderse doblar para jugar con sus biznietos.
Con su malestar, dolores de cabeza y cansancio, exigía que los cumpleaños de los biznietos se hiieran en casa. Desfiló conmigo en mis graduaciones de elemental. Nunca le prohibió a mi abuela hacer lo que le diera la gana.
Nació en extrema pobreza. Creció biscándose los chavitos para comer. Perdió a su madre antes de cumplir nueve años de edad. Y aún enfermo se ocupaba de sus hermanos. No recuerdo verlo llorar, salvo en mi quinceañero. Dejó el pellejo pegao por nosotros, sus dos hijas, y sus cinco nietos. Arregló todo para el momento de su muerte, para que la carga que le caía a abuela no fuese tan grande.
No tengo un recuerdo amargo de mi vida con él. Aunque no me gustaba que no me dejara ir a la cancha o ligar cemento. De él aprendí que, no importa lo difícil que sea una situación, siempre sales mejor haciendo lo correcto. Se pasaba haciendo chistes. Hasta su último día de vida. Hay tantas cosas que decir de él! Siempre recto, siempre altruista. Conoció exactamente lo difícil que es vivir en necesidad. Y se ocupó de que ninguno de nosotros las pasara. Por eso y muchas cosas más, lo amo. Lo extraño. Y mi aspiración es ser la clase de ser humano que él fue.
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