Era sola. No se debía a nadie. No tenía obligaciones. Tenía muchas opciones. Él tenía su vida, sus cosas, su pareja. Ellos se gustaban. Compartían juntos, disfrutaban cada momento en la presencia del otro.
Surgió una atracción más intensa. Insoportable. Sus momentos juntos eran gloriosos. El reloj aceleraba el paso cuando se veían, disminuía cuando se alejaban. Lo más simple era maravilloso. Cada roce de piel era electrizante. Pero era una ilusión, un engaño. Era una fantasía. Como un juego. Él era de ella una hora al día. Ella era de él cuando él quisiera.
Ella no quiso sufrir. Llorar no le apetecía. Se alejó. Él tiene dueña. A ella no le interesa crear un triángulo. Decidió alejarse. Ahora todo es raro. Desagradable. Ella no entiende. Y no quiere entender. Él está herido por la distancia que tomó ella.
El tiempo pasará. Se olvidarán, o se recordarán. Vivirán sus vidas, cada cual a su manera y verán la situación con una sonrisa dibujada en los labios. Gozarán, realizarán sus sueños. Serán felices, cada cual por su lado.
Pero ahora es tiempo de sanar. De desear ceder a la tentación que reperesentan sus labios, sus brazos. Es hora de soñar con lo que pudo ser, pero nunca será.
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